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(34 opiniones)
|8174 alumnos|Fecha publicación: 11/03/2003
Esto fue un caso real. La empresa necesitaba una ampliación de personal para las áreas de programación y redacción de contenidos. El flujo de curricula fue enorme durante el año 2000, e incluso el 2001. Las entrevistas de trabajo podían durar días, a veces semanas. En una de ellas, para el puesto de programación, un joven de 21 años, aún sin terminar la carrera, se sentaba en la sala de reuniones junto a la directora de recursos humanos y un supuesto programador del equipo donde iría a trabajar (en realidad se trataba del director general a quien el primero no conocía). La entrevista fue corta. Cuando se le preguntó qué estaría dispuesto a cobrar por su trabajo, el joven respondió: "No menos de quince millones de pesetas al año (hoy en día unos 90.200 euros)". El joven no había terminado sus estudios, apenas tenía conocimientos de los lenguajes de programación exigidos por la compañía, y soñaba con cobrar tres veces el sueldo de cualquiera de sus compañeros. Había algo que no funcionaba.
El mercado de trabajo, así como el de las finanzas, se encontraba en medio de una burbuja. Su crecimiento fue descontrolado. Los enormes salarios exigidos corrían el riesgo de minar la rentabilidad de muchos modelos de negocio emergentes. Y así ocurrió. El empleador no ponía el precio, pagaba lo que el trabajador exigía. En muchas ocasiones no hacía falta demostrar tu valía. Las dotes de elocuencia y oratoria, y un bagaje multidisciplinar acompañado de bruscos cambios y largos viajes al extranjero, bastaban para contratar a todo aquel que aseguraba que podía cambiar el mundo. Y la verdad es que había muchas ganas, y un enorme entusiasmo incentivado por el flujo constante de noticias sobre el emergente crecimiento de jóvenes emprendedores con brillantes ideas. Pese a que hoy en día muchos ya no están en su lugar, no cabe duda de que fue mágico, casi como un sueño. Pero tuvo consecuencias inesperadas.
Sin duda alguna había algo que no funcionaba. O los trabajadores no eran quienes aseguraban ser, o las reglas de contratación tan abiertas que habíamos establecido en la nueva cultura emergente no eran las correctas. Además, las sobrevaloración del capital intelectual provocaba no pocas distorsiones en los negocios; cuando llevaban unos meses en la empresa, muchos de estos trabajadores continuaban sondeando el mercado en busca de mejores oportunidades y, sobre todo, en busca de mejores condiciones económicas. No se trataba de demostrar lo que valías en un puesto de trabajo, aprendiendo con la experiencia: se trataba de conseguir la mayor cantidad de dinero posible para sentirse como uno de esos yahooligans enormemente millonarios. Era el sueño de los que querían triunfar como los emprendedores del valle de sicilio. La movilidad laboral, uno de los grandes problemas de estos puestos basados en el conocimiento, comenzaba a preocupar a las empresas. Los estudios de PriceWaterHouseCoopers al respecto demostraban que la circulación de este capital comenzaban a aumentar en volumen y a reducirse en el tiempo. Sin duda alguna, el talento movía al capital.
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