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Aspectos psicosociales de la hospitalización

Autor: Editorial McGraw-Hill
Curso:
|97 alumnos|Fecha publicación: 16/06/2011

Capítulo 7:

 Respuestas ante la situación de hospitalización

Tras la descripción de las características psíquicas del enfermo hospitalizado que acabamos de realizar, podemos ya abordar el análisis de sus respuestas ante la hospitalización, es decir, el estudio de cómo rectifica o modifica su comportamiento ante la enfermedad y también de cómo es su relación con el profesional de la salud ante el hecho de su estancia en una institución hospitalaria.

El estudio de la conducta frente a la hospitalización nos lleva otra vez a plantearnos su dimensión individual. Desde esta perspectiva, encontraríamos cuatro variables que van a condicionar su desarrollo:

1. La propia personalidad del paciente, los recursos de que dispone para enfrentarse con la realidad, el tipo de relaciones interpersonales que establece habitualmente y el nivel de regresión y desorganización de su comportamiento producido por la enfermedad.
2. La situación personal del enfermo, sus relaciones con su medio familiar y social, así como los posibles conflictos que puedan surgirle en este sentido.
3. El significado que la enfermedad puede tener para el enfermo, tanto de forma consciente como inconsciente.
4. El significado de la situación de hospitalización.

Como vemos, tiene mucha importancia el significado que tiene para el paciente tanto el hecho de estar enfermo como la hospitalización. Aquí, lógicamente, encontramos muchas diferencias de unos enfermos a otros. Lipowsky distingue las siguientes: la enfermedad puede ser percibida como un desafío, como un enemigo a vencer, como una pérdida (real o simbólica), como un refugio, como una ganancia, o como un castigo. Como es obvio, la conducta resultante puede ser totalmente distinta según que se dé uno u otro de estos significados. En función de la interacción de todas estas variables, cada enfermo responde a la hospitalización y rectifica, en un sentido u otro, su conducta inicial de enfermedad.

Sin perder en ningún momento de vista la necesidad de individualizar el estudio de cada caso concreto, podemos utilizar para su clasificación inicial una serie de respuestas típicas o frecuentes frente a la hospitalización. Las ordenamos en dos grandes categorías: adaptativas y no adaptativas.

La reacción adaptativa supone, por un lado, la aceptación por parte del enfermo de la situación de enfermedad y de la hospitalización; por otro lado, el desempeño adecuado del rol de enfermo, es decir, su participación en el proceso de diagnóstico, cuidados y tratamiento desde una actitud racional, lo que implica el seguimiento de las prescripciones técnicas que se le hagan. Para ello es necesario que el enfermo esté convencido de que, de forma directa o indirecta, ejerce un cierto tipo de control de la situación.

Encontramos también una serie de respuestas no adaptativas. Todas tienen en común su inadecuación o la interferencia en la finalidad básica que es la curación.

En primer lugar, el ensimismamiento o retirada. El paciente, desde los sentimientos de desvalimiento frente a la situación que vive como algo que le desborda, se retira de ella en sentido psicológico, como mecanismo de defensa. Habría que situar aquí la frecuente aparición de sintomatología depresiva de carácter reactivo en los pacientes hospitalizados, con manifestaciones de inhibición y desinterés hacia el medio.

En segundo lugar, encontramos un grupo de respuestas que tendrían como rasgo básico el rechazo hacia el desempeño del rol de enfermo. Incluimos aquí desde la negación defensiva de la enfermedad hasta la oposición más o menos encubierta o la adopción de una actitud agresiva frente al medio, configurando la tipología de lo que en el argot hospitalario se denomina «enfermo difícil».

Finalmente, se han descrito tres tipos de respuestas (la sumisión excesiva, la sobre-inclusión y la integración) relacionadas entre sí, aunque cada una de ellas tenga matices peculiares. El elemento común a todas ellas sería una excesiva identificación con el rol de enfermo, bien adoptando una actitud de dependencia exagerada, como refugio en la enfermedad o para obtener de ella algún provecho, con la presencia de síntomas de tipo hipocondríaco, bien mostrando una postura de apatía y conformismo, como ocurre en los frecuentes casos de hospitalismo, que constituyen (sobre todo en los hospitales de custodia) un grave problema.

Como dijimos con anterioridad, este tipo de respuestas, aunque frecuentes, no tienen más valor que el de servir de marco de referencia para el análisis de cada caso concreto. Conviene señalar, en contra de lo que puede parecer a primera vista, que tienen poco que ver con lo que en el argot hospitalario se denomina buen o mal enfermo. En este sentido, la institución hospitalaria somete a una situación de doble mensaje a sus pacientes. Debido a sus necesidades de organización, tiende a fomentar actitudes y comportamientos de dependencia, calificando de «buenos enfermos» a los que adoptan dichos comportamientos. Por el contrario, esos mismos pacientes son considerados «malos enfermos» si, llevados por sus necesidades de dependencia y protección (estimulados inicialmente por el propio hospital), tienden a prolongar su estancia más allá de lo previsto por la institución.

Con respecto a la relación paciente-profesional de la salud, hemos de tener en cuenta que, de la misma forma que el hospital impone al enfermo una situación concreta, tiende a fomentar el establecimiento, de forma general, de la relación: profesional-paciente según unas ciertas peculiaridades.

En primer lugar, la estructura hospitalaria tiende a aumentar la asimetría que existe siempre en esta relación, reforzando el status de superioridad del profesional y fomentando la pasividad del enfermo. El esquema de la interacción, según veíamos en el capítulo correspondiente, se sitúa claramente en el eje de dirección e iniciativa por parte del profesional, y de obediencia y pasividad por parte del enfermo.

Los modelos de relación típicos que se dan en el hospital son el de «madre-lactante» y/o el de «padre-hijo», según el nivel de limitaciones o invalidez que presente el paciente.

Otro aspecto significativo es el incremento de los aspectos técnicos en este tipo de relación, característico del ámbito hospitalario. En muchas ocasiones se puede describir, tal como lo señalaba Tatossian como modelo técnico de servicios.

Finalmente, conviene señalar el escaso calor humano que se suele dar en esta relación profesional-paciente en la institución hospitalaria. En este sentido podría hablarse más de una relación enfermo-institución o enfermo-equipo asistencial.

Todas estas circunstancias nos llevan a la conclusión de que la hospitalización puede ser, y de hecho lo es, una situación potencialmente hostil que contiene los suficientes elementos objetivos para que sea percibida por muchos enfermos como un acontecimiento traumático.

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