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Capýtulo 5:

 La pintura

Los chamanes pintan animales y también pintan a los hombres del rojo y del negro, para congraciarnos con el Señor de las Bestias o con el Señor del Mar, y asegurar así caza y pesca abundantes. Casi siempre nos pintan danzando, que es cuando somos más reales y más felices; es decir, nos pintan teñidos de estos colores, con las manos en alto y adornados con penachos.

El acto de pintar es la culminación de toda ceremonia y de la vida en su conjunto, por eso se tiene gran cuidado en la manera de hacerlo. No se pinta en cualquier momento y mucho menos en cualquier lugar. Los chamanes saben encontrar refugios adecuados en las cañadas y en los montes. Únicamente algunos refugios, y dentro de éstos sólo ciertas paredes en particular, son sagrados, porque están en el Centro del Mundo.

Los refugios y las cavidades de las sierras se cuentan por miles, pero sólo algunos cientos son sagrados. Quizás el más sagrado de todos sea el de la gran Cueva Pintada, aquí arriba, que mide unos 200 pasos de longitud (170 metros) y que a través de las generaciones lo hemos pintado una y otra vez.

La pintura

En el noroeste, un chamán encontró un bello refugio en donde pintó a toda su familia: él mismo, sus mujeres y sus hijos, pero su ceremonia parece que no fue muy grata a los espíritus, y él y su familia han desaparecido.  Probablemente fue porque no pintó suficientes bestias. Muy al sureste, en un lugar que no he visitado, otro chamán de la antigüedad encontró una gran cueva donde pintó sus danzas y sus animales de presa. Parece que no fue de los hombres del rojo y del negro, porque sólo usó pintura blanca, pero sin duda fue un chamán poderoso: los grandes viajeros dicen que sus ojos podían mirar el interior mismo de los animales -su esqueleto- a través de la piel y la carne.

Así pintó a un gran pez.Si el muro es sagrado, ahí se pinta, aunque ya antes se haya pintado en él. En la Cueva Pintada, hasta cinco veces hemos pintado venados, berrendos, borregos y otros animales sobre la misma parte del muro. Siempre ha sido necesario invertir varios días en construir andamios para alcanzar las partes más altas de ese muro; para ello recogemos troncos caídos de la palma de taco que crece junto al arroyo, los rajamos con estacas de mezquite a las que golpeamos con grandes piedras, y como travesaños utilizamos corazones de cardón amarrados con hojas verdes de la misma palma. A veces es difícil aceptar que nos tomemos tantos trabajos en construir los andamios, cuando podríamos pintar en tantos otros refugios y muros al alcance de la mano. Pero los chamanes saben bien que ese muro en particular -y no otros- posee un gran poder para favorecer la cacería.

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