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Capýtulo 4:

 La caza

El venado salta y vuelve la mirada hacia nosotros. Cuando lo atravesamos con las flechas interrumpe bruscamente la carrera, tuerce el cuello y saca la lengua de cansancio, por eso lo pintamos así.

Al ver que los árboles florecen y se visten de verde bajamos a las cañadas o, si calculamos que encontraremos agua en las tinajas de los arroyos costeros, hasta la playa. Al llegar al mar saciamos nuestra primera hambre con almejas y caracoles de la playa.

Si el  Señor del Mar nos favorece, capturamos grandes tortugas. También nos facilita la pesca: con largas lanzas atravesamos peces y mantarrayas. Seguramente el Señor del Mar está complacido con las pinturas que el año anterior hicimos de los peces traspasados y de las demás criaturas marinas, especialmente del gran monstruo de las aguas, la ballena.

En otras ocasiones bajamos al oeste, hacia los enormes llanos desérticos, donde encontramos al berrendo, animal que no tiene relación con la lluvia, porque no bebe agua, sólo rumia las yerbas verdes cargadas de la humedad que entra con la niebla del océano.

La caza

De vuelta a las cañadas la vida se vuelve más fácil con las lluvias de verano. Entonces recogemos semillas maduras de palma de taco, palo blanco y mezquite. Con largas estacas derribamos las pitahayas, delicia de los niños, sobre todo las dulces. En nuestras excursiones, el coyote nos sigue. Algunas veces espera que le demos parte de nuestra comida. El puma, nuestro protector familiar, se deja ver de lejos; nos atisba como para confirmar que las cosas marchan bien entre nosotros. A ellos y al berrendo también los pintamos, como a todas las criaturas que pertenecen al gran Señor de las Bestias. ¿Cómo podríamos mantener a raya al puma, cazar al venado y garantizar el número de las nuevas crías del borrego si no le rindiéramos culto? En las cañadas de la sierra celebramos nuestros ritos, como lo hacen los demás hombres del rojo y del negro en esta y en las otras sierras. Sí, el rojo y el negro son nuestros colores esenciales, por eso con ellos nos pintamos el cuerpo y hacemos nuestras pinturas en las cuevas.

En las cercanías del gran volcán de las Tres Vírgenes y en otras partes del mundo recogemos piedras de las que obtenemos pigmentos de esos y otros colores; de regreso en las cañadas molemos esas piedras hasta convertirlas en polvo que posteriormente mezclamos con agua. Nos pintamos el cuerpo por mitades con el rojo y el negro. Después danzamos y levantamos los brazos en actitud de alabanza. Durante la danza ingerimos las plantas sagradas que nos permiten comunicarnos con el Señor de las Bestias y con los demás espíritus poderosos. En medio del trance, los chamanes bailan más y mejor; realizan movimientos espectaculares y elevan los brazos con más entusiasmo que todos los demás. En ciertas celebraciones es cuando los chamanes pintan, si los espíritus así lo aconsejan.

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