El venado salta y vuelve la mirada hacia nosotros. Cuando lo
atravesamos con las flechas interrumpe bruscamente la carrera,
tuerce el cuello y saca la lengua de cansancio, por eso lo pintamos
así.
Al ver que los árboles florecen y se visten de verde bajamos a las
cañadas o, si calculamos que encontraremos agua en las tinajas de
los arroyos costeros, hasta la playa. Al llegar al mar saciamos
nuestra primera hambre con almejas y caracoles de la playa.
Si el Señor del Mar nos favorece, capturamos grandes
tortugas. También nos facilita la pesca: con largas lanzas
atravesamos peces y mantarrayas. Seguramente el Señor del Mar está
complacido con las pinturas que el año anterior hicimos de los
peces traspasados y de las demás criaturas marinas, especialmente
del gran monstruo de las aguas, la ballena.
En otras ocasiones bajamos al oeste, hacia los enormes llanos
desérticos, donde encontramos al berrendo, animal que no tiene
relación con la lluvia, porque no bebe agua, sólo rumia las yerbas
verdes cargadas de la humedad que entra con la niebla del
océano.

De vuelta a las cañadas la vida se vuelve más fácil con las lluvias
de verano. Entonces recogemos semillas maduras de palma de taco,
palo blanco y mezquite. Con largas estacas derribamos las
pitahayas, delicia de los niños, sobre todo las dulces. En nuestras
excursiones, el coyote nos sigue. Algunas veces espera que le demos
parte de nuestra comida. El puma, nuestro protector familiar, se
deja ver de lejos; nos atisba como para confirmar que las cosas
marchan bien entre nosotros. A ellos y al berrendo también los
pintamos, como a todas las criaturas que pertenecen al gran Señor
de las Bestias. ¿Cómo podríamos mantener a raya al puma, cazar al
venado y garantizar el número de las nuevas crías del borrego si no
le rindiéramos culto? En las cañadas de la sierra celebramos
nuestros ritos, como lo hacen los demás hombres del rojo y del
negro en esta y en las otras sierras. Sí, el rojo y el negro son
nuestros colores esenciales, por eso con ellos nos pintamos el
cuerpo y hacemos nuestras pinturas en las cuevas.
En las cercanías del gran volcán de las Tres Vírgenes y en otras
partes del mundo recogemos piedras de las que obtenemos pigmentos
de esos y otros colores; de regreso en las cañadas molemos esas
piedras hasta convertirlas en polvo que posteriormente mezclamos
con agua. Nos pintamos el cuerpo por mitades con el rojo y el
negro. Después danzamos y levantamos los brazos en actitud de
alabanza. Durante la danza ingerimos las plantas sagradas que nos
permiten comunicarnos con el Señor de las Bestias y con los demás
espíritus poderosos. En medio del trance, los chamanes bailan más y
mejor; realizan movimientos espectaculares y elevan los brazos con
más entusiasmo que todos los demás. En ciertas celebraciones es
cuando los chamanes pintan, si los espíritus así lo aconsejan.
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