Huecos como el interior de una boca se lograban a base de
punzonas huecas que el tallador giraba con un arco de cuerda
o frotando las manos. Los pequeños postes cilíndricos que
resultaban eran rotos y la superficie se alisaba. Con
punzones sólidos que podrían ser de piedra dura, hueso o
madera hacían los finos orificios de lóbulos y tabique; en muchos
casos, se hacían perforaciones atrás de la pieza para poder
colgarla. Diseños secundarios como bandas incisas alrededor de la
boca o frente a las orejas se realizaban con una fina punta de
cuarzo a mano firme y segura.
Para darle lustre, el artefacto era pulido repetidas veces, ya con
madera, piedra o piel, a manera de lija. Ya que las distintas
piedras tienen diferentes grados de brillo, se utilizaban fibras
aceitosas de algunas plantas, con cera de abeja y excremento
de murciélago. En muchas ocasiones Piedra Mojada escuchó a su padre
advertir a otros escultores en el taller que todos los
aspectos visuales de una escultura, especialmente en las hachas
votivas por su contorno geométrico, debían de
fluir armoniosamente, con movimiento propio, ola tras
brillante ola, para obtener una gran boca magnífica y
aterradora.

Una semana después, mientras se dirigían a casa, Piedra Mojada
comentó a su padre que ser escultor, aunque
extremadamente laborioso, era muy grato pues resultaba en gran
conocimiento de la piedra: la presión ideal para trabajarla, la
forma individual que responde al pulido, el grado de calor que
cada una soporta, y otros detalles que sólo son revelados con
años de contacto íntimo. Pero lo que le preocupaba era no
conocer la religión olmeca, lo que, a su modo de ver, daba vida a
estas piedras.
Para tranquilizarlo, su padre le contestó que era normal que se
preocupara por eso, y dijo que todas las esculturas que expresaban
la realidad olmeca, tanto la visible como la no visible, se
agrupaban en tres imágenes fundamentales que eran claras y
distintas. La primera, posiblemente la más antigua, era la de un
saurio, un zoomorfo reptil convencionalizado, que se representa
como un lagarto con ceja serrada, ojo en forma de rectángulo o de
"L" caída y una hendidura en forma de "V"
sobre la cabeza. No tiene mandíbula inferior, pero su
labio superior está siempre volteado hacia arriba revelando su
dentadura de reptil y, a veces, un diente de tiburón.
Lo curioso es que por lo común sus patas se representan como si
fueran manos humanas con los dedos distendidos
lateralmente. Antiguamente, su cabeza de perfil se acompañaba
de símbolos como barras cruzadas, volutas opuestas o manos con los
dedos distendidos lateralmente. Hoy en día, tallamos muy pocos
artefactos portátiles de esta imagen. Su presencia en la
escultura monumental ocurre principalmente en los atavíos de
los baby-face y en la banda superior de los
"altares".
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