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Capýtulo 2:

 Desórdenes y trastornos alimenticios. Adicción a los carbohidratos (2/2)

Tenía tal adicción, que un amigo especialista en desarrollo personal me sugirió practicar la «saturación». ¿Qué era eso? Pues para decirlo sin ambages, era comer hasta reventar aquello de lo que me había hecho adicta. De esa manera se saturaría el paladar y mandaría un mensaje al inconsciente, el cual rechazaría el alimento en cuestión durante largo tiempo.

Como soy curiosa y buscadora, me atreví a experimentar con un kilo de helado de sabores varios. Logré terminarlo a duras penas con la lengua anestesiada por el frío y el azúcar. Las horas siguientes, como era de prever, se saldaron con una sed insaciable, una fuerte irritación de la mucosa gástrica y saburra en la lengua por la acidez que había generado tanto dulce. No llegué a odiar el helado por eso, pero me odié a mí misma por haber perdido tanto el control.

Una cosa que entonces no sabía era que, para cubrir vacíos emocionales, había desarrollado la adicción a los hidratos de carbono —y aquí hablo casi exclusivamente de dulces, harina refinada y azúcar—. Para explicarlo de manera brevísima, digamos que estos hidratos de carbono refinados generan bienestar inmediato al liberar en el cerebro un neurotransmisor llamado serotonina del que luego hablaremos largo y tendido; cuando deja de producirse, el cuerpo vuelve a sentir la necesidad de tomarlos para experimentar otra vez sensación de bienestar. Eso explica por qué cuando comía una galleta no podía parar hasta acabar con el paquete.

Un día conocí a unos médicos naturistas armenios —hermanos y muy mayores— que al mirarme el iris me dijeron que lo tenía todo «encharcado». Me pareció fabuloso que a través de mis ojos pudieran ver el lodazal en el que se habían convertido mis intestinos, porque hay otros métodos que no son tan inocuos. Me recomendaron que limpiara a fondo «mis bajos» y me recetaron enemas de manzanilla y de yogur además de agua de arcilla para beber, entre otras cosas que para mí entonces eran muy exóticas.

La verdad es que solucionaron bastante mis problemas fisiológicos. Para hacer las cosas bien, desde entonces me decidí a investigar nuevos caminos alimenticios. Dejé la carne después de que una tía mía me convenciera de que no es más que un cadáver que comemos y me volqué en el arroz integral. Me compré un libro de macrobiótica e hice una olla gigante de arroz integral que comía a todas horas. Si salía a comer fuera, iba a un restaurante vegetariano que era todo un éxito por el precio y la abundancia de la comida. En esa época creí erróneamente que, por ser todo integral, endulzado con miel en lugar de con azúcar y condimentado con gomasio —una mezcla triturada de sal marina y semillas de sésamo— en lugar de con sal común, podría comer ilimitadamente sin perder la línea. De eso nada: seguía encharcándome, aunque de cosas más sanas.

En cada momento de crisis emocional aparecía la cuestión de la comida. Si algo iba mal, comía para sentirme feliz. Otras veces practicaba el sexo para estar feliz, y hubo una época en que hacía muchos ejercicios espirituales con ese mismo fin. Digo «estar» feliz y no «ser» feliz porque actualmente, después de tanto traqueteo, he aprendido a ser feliz con lo que soy y con lo que tengo.

He formado una familia estupenda a la que martirizo con lo que se debe comer y lo que no, me he formado como naturópata —por lo que ya sé qué es una lectura de iris, un enema de yogur y una terapia con arcilla—, así como en dietética y nutrición. Practico el budismo de Nichiren Daishonin —un iluminado monje budista japonés del siglo XIII—, llevo una dieta en la que abunda la fruta y la verdura que me va muy bien y adoro meterme en la cocina para probar recetas saludables. Es más, ahora creo que soy más feliz cocinando que comiendo.

He aprendido a escuchar a mi cuerpo, a entender sus señales y a actuar en consecuencia. He aprendido a conocer los alimentos y a sacar el mejor partido de ellos. Ahora quiero compartir contigo, que sostienes este libro, la cocina de la felicidad.

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