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Capýtulo 1:

 Desórdenes y trastornos alimenticios. Adicción a los carbohidratos (1/2)

Prólogo: cómo me educaronlos alimentos

Soy una buscadora nata y una curiosa incurable. Ambas cosas me han servido para encontrar caminos alternativos en materia de salud, alimentación y cocina. Sigo leyendo, aprendiendo y asombrándome con descubrimientos que quiero compartir con mis lectores.

Cada año salen nuevos autores, nuevas líneas dietéticas y descubrimientos espectaculares acerca de los alimentos y su incidencia en nosotros, pobres mortales, que comemos sólo porque sentimos hambre y por placer.

Desde que la comida se analiza en los laboratorios sabemos, por ejemplo, que el vino no es tan malo como lo pintan debido a una sustancia llamada resveratrol, que ejerce sus beneficios sobre el sistema cardiovascular; o que las coles —caídas en desgracia por su mala fama de flatulentas— son el no-va-más en planes antiaging por su enorme poder antioxidante. Y así podría seguir hasta el final del libro, pero mi propósito es subir un peldaño más en esta escalera, salir del plano meramente físico y ocuparnos también de la mente y las emociones.

Hay una gran interrelación entre cuerpo, mente y espíritu, cosa que podemos comprobar en muchas situaciones cotidianas. Cuando por algún motivo sentimos ansiedad, tratamos de apaciguarla con un bocado; si estamos nerviosos, comemos a la par de nuestros nervios. Hay quien para dejar de dar vueltas en la cama y vencer el insomnio hace una visita a la nevera; y si en el amor nos dan calabazas, igual nos zampamos un chocolate o una tarrina de helado como en las pelis americanas.

La cuestión es que en muchas ocasiones intentamos tapar esos agujeros con algún tipo de comida, y, ¡oh, casualidad!, suelen ser alimentos que ni nos convienen ni nos sientan bien. Sobre todo porque, bajo estados emocionales tan poco equilibrados, las elecciones que podemos hacer sobre lo que comemos tampoco suelen ser muy equilibradas. En estos casos me imagino una viñeta de nosotros mismos en la cual nos desdoblamos: hay otro «yo» que se desprende y va a buscar un poco de felicidad inmediata en algún alimento que recompense el mal trago por el que la otra parte está pasando.

En los 45 años que llevo de vida, he pasado por todo tipo de descontroles alimenticios. Desde muy pequeña fui una apasionada de los hidratos de carbono y de los sabores dulces. Lo primero que recuerdo a la edad de 5 años era que mascaba cajas y cajas de chicles de colores que luego pegaba detrás de la cama cuando se acababa el sabor. Años después, me empaché soberanamente con unas chocolatinas que llevaban sorpresas de regalo y acabé teniendo que tragar un brebaje muy amargo para expulsar las lombrices que proliferaban en mi interior.

La adolescencia pasó entre altibajos —lo típico en chicas de esa edad—, pero creo que lo peor fue transitar por la «edad de merecer», como la llamamos en Argentina, esa época en la que el amor lo es todo, cuando la autoestima sube como la espuma si te llaman por teléfono para salir y cae en picado cuando dejan de llamarte.

Para estar guapa hacía lo que todas: iba al gimnasio y seguía dietas varias. Tenía una amiga, por ejemplo, que no sabía nada de equilibrios nutricionales, porque cuando quería adelgazar sólo tomaba cortados durante el día, fumaba como un demonio y por la noche se comía unas cuantas aceitunas con unas galletas y un vasito de vermut. ¡Y tan feliz! Tenía otra, en cambio, en cuya casa sólo había productos dietéticos: refrescos sin azúcar, sacarina para el té o el café —descafeinado, claro—, queso bajo en calorías, mermelada light, Marlboro Light, leche y yogur desnatado, galletas sin azúcar y una larga retahíla de productos que no podéis ni imaginar. A diferencia de la otra amiga, estaba histérica porque tanto producto dietético no la hacía más delgada y feliz, sino que más bien estaba amargada por todo lo que le apetecía comer y no se podía permitir.

Por mi parte, yo solía pelearme con los dulces. Los comía muy a gusto, pero luego me sentía como una vaca y me roía la culpabilidad. Entonces me ponía a correr para ver si lo que había comido ardía en el infierno de mis células y desaparecía, pero como me cansaba enseguida, volvía a casa hecha polvo física y moralmente.

Nota: Seguimos el hilo en el siguiente capítulo.

Nota: Este curso es un fragmento del libro: "La cocina de la felicidad", de la autora Adriana Ortemberg, publicado por Ediciones Urano (ISBN: 978-84-7953-706-7). Puedes descubrir y adquirir libros de Ediciones Urano en: www.empresaactiva.com.

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