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Capítulo 3:

 Investigación arqueológica sobre el pueblo jívaro del amazonas

     Humboldt se encontró con los Jívaros, en 1802, en el límite sur de los antiguos dominios de los Bracamoros. Recibe la visita de los Jívaros en Tomependa y en una isla sobre el río Chinchipe, como él mismo nos relata: “...30 ó 40 cabezas reunidas de hombres, mujeres y niños de la tribu de los Jívaros...” . Este grupo tenía su aldea en el río Marañón, en Tutumberos, “...frente al Pongo de Cacangores, por debajo del pueblo de Puyaya.”. Puyaya se localizaba al Noreste de Tomependa y era habitada por otro grupo nativo. La localización de la aldea de los Jívaros frente a una catarata se explica por ser un lugar sagrado para los Jívaros, allí descansa el Ajútam, el ser antiguo o el espíritu de los ancestros que otorga el poder. Humboldt describe la localización de la aldea proporcionada por el gobernador de Jaén: “La gran soledad del lugar, rodeado de cataratas, separado del mundo...”. Así mismo, indica que la aldea tenía 2 ó 3 años de antiguedad. Este grupo contactado por Humboldt sería el que se estaba expandiendo hacia Cajamarca (Jaén) buscando buenas tierras de alturas y hachas de metal, y que se mezclaría con otros pueblos provenientes de Chota y luego retornaría a la actual Bagua Chica (Guaguachicacu, “topa con ramas” en Aguaruna) y después se dirigiría a Chachapoyas.

La fortaleza física caracterizó a los Bracamoros en sus enfrentamientos con Incas y españoles, y también a los Jívaros del siglo XIX. Humboldt destaca que los Jívaros eran perezosos para el trabajo, entendido en términos occidentales, y proclives a lo ajeno, pero destaca su gran fortaleza física pues eran capaces de correr, nadar y remar grandes distancias. Los Jívaros habrían podido llevar con seguridad el correo siguiendo el curso de los ríos, tal como lo hacían otros nativos, aspecto que ha sido inmortalizado por una serie de dibujos realizados por él mismo.

     El correo que lleva las cartas de Trujillo al gobernador desciende todo el Chamaya y el Marañón desde Ingatambo a Tomependa, ligando su guayaco o su pequeno calzón con las cartas en forma de turbante alrededor de la cabeza.

     En la descripción de la Sierra de Cajamarca, contenida en sus Cuadros de la Naturaleza, también Humboldt describe al “correo nadador” como un indio joven, pero sin identificar su filiación étnica, quien, a veces acompañado de un amigo, recorría en dos días la ruta entre Pomabamba y Tomependa, bajando por el río Chamaya, luego por Pucará, Cavico y Chamaya.

La eficiencia del correo era tal que, Humboldt, estando ya en París luego de recorrer México, recibió una carta desde Tomependa . Un mapa de 1795 muestra las rutas del correo real y los caminos en la Sierra de Piura e información relevante acerca de los pueblos localizados a lo largo de la ruta de Jaén a Piura a través de Huancabamba, también los límites entre las audiencias de Lima y Quito. Sin embargo, este mapa no muestra la ruta entre Ayavaca y Huancabamba, seguida por Humboldt en 1802 ni la ruta entre la costa piurana y Ayavaca.

Asimismo, Humboldt valora la gran alegría y vivacidad de los Jívaros, comparando la nobleza del buen salvaje con la situación servil de los nativos reducidos en las misiones: “¡Como el hombre salvaje y libre es diferente al de las misiones, esclavo de la opinión y la opresión sacerdotal!”. Un aspecto de la nobleza de los Jívaros es el ocio, que utilizaban para recrearse y reposar durante 2 ó 3 meses antes de las ocasionales agotadoras faenas (remar, nadar y correr grandes distancias), despreocupándose de conseguir el abundante alimento que estaba disponible. Es el reposo del guerrero antes de la ardua jornada. La fascinación de los viajeros europeos con los grupos nativos, en especial con los jefes, que registraron en América también cautivo a Humboldt.

Humboldt  resalta  en una carta a su hermano Wilhelm que “…También me he ocupado mucho del estudio de las lenguas americanas...”, destacando  especialmente la gran habilidad de los Jívaros, en comparación a los otros pueblos amazónicos que conoció, de pronunciar con fluidez las cortas frases y palabras en otras lenguas. Pero los Jívaros no solo querían aprender sino también enseñar su propia lengua:

     “Tienen la misma energía al enseñar su lengua. Cuando se comienza a pedirles por signos palabras para formar el vocabulario, ellos os tormentan para continuar. Hablan su propia lengua con una rapidez asombrosa. Tienen un canto muy monótono, mezclado de gritos...”.

     La localización de los grupos humanos prehispánicos que habitaron la región en la cual la Cordillera de los Andes presenta la altura más baja en todo su recorrido, fue uno de los factores que ocasionaron que dichos grupos sean multilingües y culturalmente de frontera, pues dicha característica geográfica produjo una gran movilidad entre las sociedades situadas a ambos lados de la Cordillera de los Andes. Incluso se plantea que uno de los dialectos Jívaros habría sido utilizado como lengua franca “...desde la montaña amazónica hasta las tierras calientes de los valles costeños...”, como señala acertadamente Hocquenghem, por ello no extraña que los habitantes de la costa de Piura hayan provenido de la Sierra y que sus lenguas sean diferentes al resto de la Costa Norte.

El poco gusto de los Jívaros por el vino, aguardiente, chicha o bebidas fermentadas fue observado también por Humboldt, en 1802. Este es un aspecto intrigante que no ha sido reportado por otro explorador. Al contrario, la relación entre la bebida y la violencia es un aspecto resaltado por etnógrafos en la Sierra Norte. Probablemente este rechazo a las bebidas fermentadas se debió a que el consumo de bebidas embriagantes y alucinógenas, entre los Jívaros está reservada a rituales para contactarse con el Ajútam, el ser antiguo o el espíritu de los ancestros que otorga el poder.

Humboldt observó la división del trabajo entre los Jívaros, mujeres dedicadas casi exclusivamente a las actividades de la cocina mientras que los hombres hilaban y tejían en algodón “...los ponchos marrones que ellos llevan...” en ceremonias ante extranjeros. Scott, en 1890, también observaría en la cuenca de río Tabaconas y en Jaén la dedicación de las mujeres a la cocina y los niños (Scott 1894). Esta actividad de los hombres dedicados al hilado y el tejido, diferente a otros grupos amazónicos, tiene su explicación en un mito que narra la competencia entre el Mono Blanco (el hombre) y el Sol (un Hombre-Sol denominado Etsá), este último, al perder, sentencia al hombre: “El hombre que no sepa tejer no ha de ponerle vestido alguno a su mujer”. Así mismo, la denominación de Aguaruna usada para denominar a los Jívaros provendría de aguag (tejedor) y runa (hombre), es decir hombre tejedor.

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