Infortunadamente los valores y convicciones que ayudan a regular
los impulsos sexuales, han sido bombardeados fuertemente por los
medios publicitarios y de comunicación, haciendo cambiar a la
juventud sus criterios, aun en detrimento de la formación
recibida.
El cine, la TV y hasta la música, a diario están insinuando el
libertinaje sexual y tanto da el agua al cántaro...hasta que al
final lo rompe. Este bombardeo ha tenido eco en buena parte de la
juventud y esto se descubre a través de la creciente paternidad en
parejas de adolescentes. Abandono de la casa paterna, participación
en grupos de rumba que exaltan el morbo y las pasiones. Actos
contrarios a las sanas costumbres, y al plan lógico para formar
pareja, además que, los padres y orientadores se ven cada día más
desconocidos en su tarea formativa.
Cuál es el verdadero sentido que tiene ser novios y como se puede
compartir la sexualidad, sin caer en los excesos que los desvíen de
sus propósitos.
El noviazgo es la oportunidad que tiene un hombre y una mujer de
aprender a construir una relación basada en la confianza, la
libertad, el respeto y conocimiento del otro, a través del
descubrimiento de esos aspectos fundamentales de la persona. No es
pasarse el noviazgo haciendo gala de la figura física, de los
atractivos, o las posesiones económicas y dedicarse el tiempo a
disfrutar de los pasatiempos, espectáculos, compras y otras tantas
banalidades. Menos para protagonizar una desenfrenada historia de
pasión.
Un noviazgo perfectamente puede tener todos esos elementos como
parte del cortejo, romanticismo y seducción, pero no como el único
recurso u objetivo y menos con una intensidad tal que no deje el
espacio suficiente para tratar con profundidad y madurez los demás
temas que a futuro harán parte integral de su relación, los cuales
pasaran a ser lo esencial y vital del día a día.
Entonces, deben utilizar buen tiempo en su relación de novios, para
aprender a compartir el uno con el otro, para aportarse crecimiento
espiritual, ayudándose para avanzar juntos en un proyecto de vida,
en donde el egoísmo, el orgullo y la manipulación no tengan cabida.
Es aprender a ser personas tolerantes, a respetarse y ese respeto
incluye sus cuerpos. A conocerse mejor a sí mismo, para entregarse
abiertamente a su pareja. Aprender a comunicarse, a dialogar, a
escucharse y, confiar plenamente en su pareja. Hasta conseguir
aceptar que ambos son diferentes pero no desiguales.
Esa aceptación les dará las herramientas necesarias para amarse en
libertad, para ir descubriéndose y aproximándose en adquirir la
madurez que requiere una relación para poder optar por la decisión
definitiva de unirse por el resto de sus vidas, sin el temor a
fracasar, porque ya han pasado un suficiente tiempo de
conocimiento, que los capacita para confiar, para poder tomar la
decisión con base en sus fortalezas y debilidades, para decidir que
pueden vivir en pareja. Porque juntos tienen muy claros sus
objetivos de cómo luchar por el fortalecimiento y permanencia de su
amor. Porque han trazado metas y objetivos comunes que los haga
comprometer a permanecer unidos.
Una pareja que construye su noviazgo de esta manera, también tiene
la suficiente madurez para saber que no necesitan anticipar sus
expresiones de vida sexual conyugal, porque tienen bien claro su
objetivo, como consecuencia lógica, también tendrán la oportunidad
de descubrirse y afianzarse en su relación psicoafectiva, que
incluye el disfrute sensual, sin llegar a la genitalidad.
Reservándose para compartir con quien será su pareja estable y
definitiva.
Tampoco se debe interpretar esto como la prohibición absoluta a
demostrarse afectividad en el noviazgo. No es rayar en la
mojigatería, que llegue a entenderse que no se debe expresar ese
gusto de compartir con el otro, a través de una caricia, un beso o
un abrazo, estos son gestos propios de la ternura humana y no debe
existir tal restricción.
El manejo adecuado de los sentimientos, impulsos y manifestaciones
de nuestra sexualidad durante el noviazgo, propenden por conseguir
una armonía y estabilidad emocional, para saber decidir, sin
confusiones ni manipulaciones, lo que nos conviene junto a esa
persona, que se propone compartir la vida a nuestro lado. No se
trata de arrebatar o imponer sobre las expresiones de nuestra
sexualidad afectiva.
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