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|743 alumnos|Fecha publicación: 12/08/2009
En las últimas décadas han primado, acaso como reacción a las
anteriores, planteamientos más coercitivos que dialogantes, con
posturas pedagógicas más permisivas y abiertas, basadas en el dejar
hacer y en el principio de no coacción a la espontaneidad de la
persona. Esto se ha percibido especialmente en las relaciones entre
padres e hijos y entre estos y sus profesores. Hay muchas causas
sociales, políticas e incluso económicas, la mujer se incorpora al
trabajo remunerado y los padres apenas tienen tiempo para ver, y
mucho menos para educar, a sus hijos que explican esta evolución,
pero no nos detengamos ahí. La sensación que predomina en algunos
padres y educadores es que la experiencia liberal no ha sido del
todo positiva. A los adolescentes les cuesta reconocer la autoridad
moral de padres y educadores y los problemas de convivencia afloran
en muchas familias. Como resultado, son demasiados los jóvenes (y
mayores, por supuesto) que se comportan ignorando los más
elementales principios de solidaridad y de respeto a los
demás.
De un distante y frío autoritarismo, poco inclinado a las
explicaciones y menos aún a escuchar al niño o joven, hemos pasado
a una permisividad del todo va y se estima que quizá tardemos toda
una generación en recuperar la autoridad dialogante, una autoridad
que fija y marca límites justos, razonables y negociables. Límites
que son necesarios para el aprendizaje de la libertad personal y la
convivencia social. Si no se discute que es difícil educar en
valores cuando se mantiene una actitud controladora y represiva,
cada día está más claro que no es más sencillo conseguirlo desde la
tolerancia casi sin límites que parece reinar hoy en muchos
hogares. No son pocos los padres y educadores, y en general
adultos, que temen contrariar a los jóvenes, aunque la razón les
asista.
Ahora bien, no se trata de auto culpabilizarnos, ni de culpar a
nadie de por qué y cómo hemos llegado donde estamos, si no de que
cada uno, como parte involucrada, asuma la porción de
responsabilidad que le corresponde en la educación en esos
principios. Pero sólo en la medida en que vivamos los valores que
queremos trasmitir conseguiremos el objetivo. Porque educar es,
fundamentalmente, comunicar a través del ejemplo, trasmitir
actitudes y comportamientos.
Estas ideas se materializan en los valores que cada día hay que
formar con los adolescentes en las instituciones educativas, tales
como: Laboriosidad, Honradez, Honestidad, Justicia, Dignidad,
Patriotismo, Solidaridad, Humanismo, Latino americanismo, y el que
más se encuentra afectado en la actualidad es la Responsabilidad,
definiéndose como el cumplimiento del compromiso contraído ante si
mismo, la familia y la sociedad.
Sin embargo, vamos a especificar, con mayor precisión, los valores
que debemos impartir como educadores; entre ellos tenemos:
1) Desarrollar el sentido de responsabilidad.
Organización, puntualidad, empeño por hacer bien las cosas, son
actitudes positivas.
2) Incrementar la autoestima, cuidar de nosotros
mismos. Practiquemos las virtudes de aceptación, valoración y
disciplina con uno mismo.
3) Respetar a las personas mayores: lo hemos
vivido casi como una imposición "por ser el padre o madre, abuelo o
abuela". Cambiemos esa obediencia ciega por el sincero respeto
hacia quienes, con una vida de esfuerzos, nos han trasmitido la
próspera sociedad que disfrutamos.
4) Honrar a los educadores: volver a revestirles
de la dignidad y respeto que su profesión merece y aceptar su
autoridad. Es imprescindible.
5) Simpatía hacia los débiles que nos
rodean.
6) Aprender a escuchar y ponernos en el lugar de
con quienes dialogamos.
7) Aprender a perder, a fallar, a asumir el
fracaso como proceso básico de todo aprendizaje de crecimiento
personal.
8) Respeto a los bienes y servicios públicos.
Protegerlo, como nuestro el patrimonio común.
En resumen.
Los dictámenes morales son esenciales, y como parte de nuestra
historia evolutiva, funcionan para asistirnos en adaptar a los
rigores de nuestras vidas y en lograr ser flexibles con nosotros
mismos y en el trato con los demás.
Ser justos y dignos nos proyectará una imagen envidiable, como
miembros especiales de todo grupo al que pertenezcamos.
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